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JORGE RAMOS

No quiero vivir en un metaverso

El universo que nos propone Meta tiene su encanto: Trabajar, jugar, estudiar o ejercitarnos en mundos imaginarios

Por Jorge Ramos

Mark Zuckerberg puede ser acusado de muchas cosas. Más no de falta de ambición. El fundador de Facebook ha logrado que casi 3 mil millones de personas se conecten mensualmente a su plataforma social, la más grande del planeta. Ahora que Zuckerberg está en la mira pública y política, parece que no sólo quiere dominar el presente, sino también el futuro (al menos el de la realidad virtual o aumentada).

Pero habría que ser cautos con ese universo virtual que quiere crear, ahora con un nuevo nombre: Meta.

“Es hora de adoptar una nueva marca para la compañía que englobe todo lo que hacemos”, dijo Zuckerberg a finales de octubre para anunciar el cambio de Facebook -la compañía que fundó hace 17 años- a Meta. “Que refleje lo que somos y lo que esperamos construir. Nuestra misión sigue siendo la misma: Conectar a la gente. Pero ahora tenemos un nuevo objetivo: Hacer del metaverso una realidad”.

El anuncio ocurrió en un momento sospechoso, visto por algunos analistas como una maniobra para distraer la atención de los ataques políticos que ha recibido su compañía en semanas recientes. Una ex empleada de Facebook, Frances Haugen, ha denunciado en audiencias en el Congreso de Estados Unidos y en el Parlamento británico que la empresa pone “las ganancias por encima de la seguridad” de sus usuarios. Haugen habló de una serie de investigaciones internas de la compañía en las que se revelaban los impactos nocivos en las democracias debido a la desinformación rampante y en las consecuencias dañinas en la salud mental de sus usuarios adolescentes. La empresa pudo haber implementado acciones o medidas para corregir el rumbo, pero Haugen afirma que optaron por no hacerlo.

Alexandria Ocasio-Cortez, congresista por Nueva York, fue una de las políticas más críticas con el cambio de nombre: “Meta en el sentido de que ‘nos estamos convirtiendo en un cáncer para la democracia y haciendo metástasis en una máquina de espionaje y propaganda para promover regímenes autoritarios y destruir la sociedad civil a cambio de ganancias’”, escribió en un tuit.

Pero además de cuestionar el momento del anuncio del cambio de nombre y de objetivo, tampoco haríamos mal en analizar su propuesta del metaverso y detenernos a pensar en cómo podría cambiar nuestras vidas. Para mí, el verdadero peligro es que esta tecnología creada para conectarnos termine separándonos más.

El universo que nos propone Meta tiene su encanto: Trabajar, jugar, estudiar o ejercitarnos en mundos imaginarios. Te pones unos lentes o un casco y te transportas a oficinas, gimnasios, escuelas o conciertos virtuales.

“Imagina que pudieras estar en la oficina sin tener que trasladarte”, dijo Zuckerberg en el video en el que anunciaba el cambio a Meta. “Y ahora imagina que pudieras estar en la oficina perfecta, y que podrías hacer mucho más de lo que haces en tu espacio de trabajo usual, y, además de todo eso, podrías seguir usando tus pants favoritos”.

Entiendo bien estas ventajas. Si alguna vez tuviera una cita en la Casa Blanca o en el Palacio Nacional de México, en lugar de ir físicamente podría aparecer ahí mi holograma o mi silueta electrónica. Ni siquiera tendría que subirme a un avión. Y si ese día no me quiero rasurar y quiero quedarme en pijama, puedo mejorar mi avatar -mi otro yo en el mundo virtual-, quitándole unos añitos y poniéndole un traje italiano.

El metaverso de Zuckerberg promete muchas cosas, desde “ejercitarte en maneras totalmente nuevas”, hasta consumir entretenimiento de formas inéditas. Y aquí confieso que soy fanático del grupo Coldplay, que en 2018 dio un concierto colosal en São Paulo, Brasil. Se me enchina la piel cada vez que veo el video y me habría encantado haber estado ahí hace tres años. El metaverso podría llevarme virtualmente. O llevarme a los conciertos que dieron los Beatles en su gira por Estados Unidos cuando yo era apenas un niño.

También podría llevarnos a momentos del pasado. El metaverso podría recrear el primer encuentro que tuvieron el 8 de noviembre de 1519 Moctezuma y Hernán Cortés. Y permitirnos caminar virtualmente por las calles de Tenochitlán y navegar por sus canales. Esa lección de historia nunca la olvidaríamos.

Con sus lados positivos, existen, también, las amenazas: Alguien podría entrar virtualmente en tu vida para robar tu identidad o personas podrían presentarse como alguien que no son con el fin de engañarnos (aunque también son riesgos que existen ahora mismo, fuera del metaverso). Pero especialmente me preocupa que reemplace la búsqueda de contacto humano real. La pandemia demostró la enorme necesidad que tenemos de ver y tocar a otros seres humanos, y, si es necesario, nuestra gigantesca capacidad de adaptación y de sobrevivir solos.

Un mundo dominado por el metaverso podría llevarnos a vivir encerrados en nuestras casas en una cuarentena permanente y evitando el contacto personal en algunas de las actividades más importantes de nuestras vidas.

No le podemos dar la espalda al futuro: El metaverso viene. Pero me resisto a creer que ese universo virtual es lo mejor a lo que podemos aspirar.

Ahora bien, antes de que Facebook pueda crear su metaverso, tiene que invertir un enorme capital en nuevas tecnologías y sobrevivir los intentos políticos de regular sus operaciones e, incluso, de fragmentar la corporación -que también es dueña de Instagram y WhatsApp- en partes más pequeñas, como algunos han sugerido. También, si pensamos unirnos a su universo virtual, podríamos exigirle como usuarios que tome las estrategias necesarias para cuidar de nuestra seguridad y no sólo enfocarse en las ganancias.

No sé si el metaverso será una realidad en mi tiempo o en el de mis hijos. Pero sé bien que no quisiera vivir en él. Tengo la sospecha que me estaría perdiendo lo más importante: La vida misma.

Jorge Ramos, periodista ganador del Emmy, director de noticias de Univision Network. Ramos, nacido en México, es autor de nueve libros, el más reciente es "A Country for All: An Immigrant Manifesto".

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