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No es obviedad

Caminé sus callejas; dejé que sus plazuelas me abrazaran por los cuatro costados; miré en sus fuentes el reflejo de una media luna que en el agua se hacía plenilunio.

Por . Catón

Grande fue la sorpresa de doña Macalota cuando vio a su esposo, don Chinguetas, en el lecho conyugal acompañado no por una mujer, sino por dos. En estado completamente natural se hallaban las dos féminas y el casquivano señor. Antes de que su consorte pudiera articular palabra le dijo don Chinguetas: “No vayas a pensar mal, querida. No es lo que parece”. Por los 20 años andaría yo cuando por primera vez fui a Guanajuato. Llegué a las 3 de la madrugada, y la ciudad estaba sola, igual que yo. Entonces fue toda mía, como una hurí a la que desean todos y que a uno solo se entrega. Caminé sus callejas; dejé que sus plazuelas me abrazaran por los cuatro costados; miré en sus fuentes el reflejo de una media luna que en el agua se hacía plenilunio. Con las luces del alba desapareció la hurí y me hallé en medio de la gente y del cotidiano tráfago, pero no olvidaré jamás aquella noche en que esa joya que Guanajuato es fue sólo mía. A los 20 años piensas que las cosas pueden ser tuyas; a mi edad sabes que nada te pertenece, a excepción quizá de los recuerdos. Perderlos es una muerte anticipada; por eso yo guardo los míos con afán de avaro, y a veces vuelvo a vivirlos otra vez. En días pasados una benévola fortuna me llevó de nuevo a Guanajuato. Pedí -lo pido siempre- ser hospedado en “Las Acacias”, lugar de encantamiento. Traspones la puerta de ese precioso hotel boutique y te encuentras de pronto en el antepasado siglo. Muebles, cuadros, candiles; todo es de un tiempo sosegado y apacible. La cocina es alta -alta cocina-, y el servicio amable. Frente a la antigua casa se halla un recoleto jardín. Por ahí anda el travieso fantasma de Jorge Ibargüengoitia, cuyo bisabuelo luchó contra el francés y por eso da nombre al parquecito: Florencio Antillón. Otro sitio querido visité: El restaurante Casa Valadez, vecino del Teatro Juárez, a mi juicio el más bello teatro de México, por dentro y por fuera. En ese tradicional restorán disfrutas galas de gula inenarrables. Yo ocupo siempre el rincón donde acostumbraba sentarse cada día el maestro Enrique Ruelas, cuyos montajes de los entremeses de Cervantes dieron origen al Festival Cervantino, que goza ahora fama internacional. Bebo morosamente un sabrosísimo café, y veo pasar la vida mientras la vida me ve pasar a mí. Desciendo ahora al mundo de lo terrenal. A ese mundo tenemos siempre que bajar. Voy por la concurrida calle que lleva a la Presa de la Olla y miro una gran manta con un letrero que a la letra dice: “El PRI es de los priistas”. Perogrullada parece la tal frase. Claro: El PRI es de los priistas, así como el PAN es de los panistas, el PRD de los perredistas, y Morena de López Obrador. Pero no es obviedad lo que esa manta expresa. Hoy por hoy el PRI parece también ser propiedad del caudillo de la 4T. Se lo están entregando en bandeja un par de líderes cupulares, ambos con largas colas que temen les sean pisadas. De ahí su ambigua actitud, que tiene todos los visos de entreguista, de cara a un tema de importancia capital como es la contrarreforma energética de AMLO y Bartlett. Si por consigna de aquellos dos temblorosos dirigentes el PRI apoya ese atentado contra la Nación, perderá su identidad y se perderá a sí mismo, convertido en vergonzoso instrumento al servicio de López Obrador. Demasiada historia y tradición posee el PRI como para arrojarlas por la borda de un día para otro. Pese a los malos tiempos que ahora afronta debe seguir siendo oposición militante y opción electoral para los mexicanos. El PRI, en efecto, es de los priistas, no de quienes pretenden entregarlo a cambio de impunidad y ventajas personales. FIN.

El autor es licenciado en Derecho y en Lengua y Literatura españolas/cronista de Saltillo.

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