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Columnas JORGE RAMOS

Niños de la frontera

Está solo. Es un niño perdido en la frontera, en una zona desértica del Sur de Texas. Se llama Wilton Gutiérrez, tiene 10 años y es de Nicaragua

Por Jorge Ramos

Está solo. Es un niño perdido en la frontera, en una zona desértica del Sur de Texas. Se llama Wilton Gutiérrez, tiene 10 años y es de Nicaragua. Sus ojos están hinchados, llora. Lleva una camiseta de "Batman" y una chaqueta negra. Eso es todo. El niño se le acerca a la camioneta de un agente de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos y él lo empieza a grabar en su celular.

“¿Me puede ayudar? ¿Me puede ayudar?”, le pregunta el niño sollozando. El agente fronterizo le pregunta por lo que ha pasado, y el menor dice: “Es que yo venía en un grupo de personas y me dejaron botado y no sé dónde están”. El agente le pregunta si venía con sus padres y el niño contesta que no venía con “nadie”, sólo con un grupo que “al final me dejaron botado”. Y continúa: “Vengo porque, si no, ¿por dónde me voy a ir? Me pueden robar, secuestrar o algo. Yo tengo miedo”.

He visto varias veces el video y no deja de afectarme. Es desgarrador ver la vulnerabilidad del niño. Mis hijos han tenido esa edad y no puedo imaginarlos solos, así, en un desierto lleno de peligros: Animales salvajes, climas extremos y crueldad de gente que comercia con el traslado de personas de un lado al otro de la frontera más porosa del mundo. Este niño no es el único caso. Cada mes, miles de menores están cruzando solos de México a Estados Unidos.

Unos días antes, dos niñas ecuatorianas -de 3 y 5 años de edad- fueron lanzadas desde un alto muro fronterizo y cayeron del lado estadounidense. Una cámara de vigilancia de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos capturó la imagen y agentes fronterizos estadounidenses las localizaron y rescataron. Los "coyotes" que llevaban a las niñas huyeron del lado mexicano.

“Cuando vi el primer cuerpo caer al piso (...) y no vi a esa niña moverse, pensé lo peor; pensé que se había pegado en la cabeza”, me dijo en una entrevista Gloria Chávez, jefa de la Patrulla Fronteriza de El Paso, Texas. “Cuando vi estos videos, dije: ‘Esto tiene que salir a los medios de comunicación, a las comunidades, para que entiendan los riesgos que estos niños están tomando cuando las familias aseguran el contrato para que organizaciones criminales los traigan hasta la frontera”.

Sólo en marzo, más de 18 mil 700 niños fueron detenidos después de cruzar solos la frontera. Esta cifra es muy superior a los 4 mil 635 menores de edad que hicieron lo mismo en marzo del año pasado. El aumento es claro.

Aunque muchas circunstancias no han cambiado, algo sí es distinto. Ha terminado la

“crueldad” -según la descripción del secretario de Seguridad Interna de Estados Unidos, Alejandro Mayorkas- con la que el Gobierno anterior, de Donald Trump, trataba a esos niños. A muchos de ellos, Trump los deportaba a México o, incluso, los metía en jaulas. El nuevo presidente estadounidense, Joe Biden, ha decidido no deportarlos y no meterlos en jaulas. Sin embargo, las condiciones de los niños migrantes siguen siendo inadecuadas: Muchos han tenido que pasar más de 72 horas en centros de detención, algo que es ilegal, o en lugares hacinados a cargo del Departamento de Salud, algo peligroso en cualquier circunstancia, pero especialmente durante una pandemia.

La pregunta más compleja es por qué los padres arriesgan a sus hijos y los empujan a cruzar solos -o con "coyotes"- la frontera. Y la dura respuesta es que para miles de familias centroamericanas es más arriesgado que sus hijos se queden en su país -y enfrenten hambre, violencia de las pandillas, corrupción endémica, estragos de la devastación climática- a que se aventuren a cruzar solos hacia Estados Unidos. Es una decisión que, aunque difícil de entender, no debemos simplificar.

Nos están enviando lo que más quieren -a sus hijos- para que los cuidemos y protejamos hasta que puedan reunirse de nuevo con ellos. No podemos pasar por alto la enorme confianza que estas familias tienen en Estados Unidos. Muchos de estos padres ya están aquí y han mandado traer a sus hijos con familiares, amigos o a veces con desconocidos. ¿Cómo culparlos por querer estar juntos? Sin duda, podrían tratar de hacerlo de manera legal. Pero todos sabemos que ese proceso es largo, complicado, costoso y muchas veces no da resultados. Con mucha frecuencia la alternativa son los "coyotes".

He leído en redes sociales críticas muy duras a estos padres. Pero creo que no tendríamos que juzgarlos; al menos yo no lo hago. Quizá debemos preguntarnos con franqueza ¿qué habría hecho yo en una situación similar? Hay que ponerse en sus zapatos. El grado de desesperación, pobreza o amenazas en zonas de Honduras, Nicaragua, El Salvador y Guatemala debe ser muy grande para que un padre o una madre decidan enviar solos a sus niños al Norte.

Algunos de estos niños de la frontera son los nuevos "dreamers". Dentro de una década o un poquito más los veremos en la universidad, hablando en inglés sin miedo por televisión y en las redes, o lanzándose como candidatos a un puesto importante, o creando una nueva empresa.

Por eso vienen: Aunque los riesgos son inimaginables, también se les abre un mundo de posibilidades. A veces sólo de sobrevivir.

Sé que este es un gravísimo problema político y que muchas jóvenes vidas se están poniendo en riesgo. No se lo recomiendo a nadie. No vengan así, por favor. Pero creo entender por qué lo hacen, qué los expulsa de su país y qué los atrae a este. Estas familias centroamericanas tienen más fe en Estados Unidos que muchos estadounidenses.

No sé todavía si estos niños de la frontera nos dirán un día que todo valió la pena. Mientras tanto, hay que cuidarlos como si fueran nuestros hijos. Sea como sea, ya son parte de nuestro futuro.

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