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Columnas De política y cosas peores

Muertes por desabasto

Al cotidiano número de muertos por el crimen organizado debe añadirse otra cifra igualmente cotidiana: La de los niños y ancianos, las mujeres y hombres que están muriendo por falta de medicinas y tratamientos médicos en los hospitales públicos.

Por Catón  

El cuento que abre hoy el telón de esta columnejilla es de color subido, muy subido. Lo leyó doña Tebaida Tridua, presidenta ad vitam interina de la Pía Sociedad de Sociedades Pías, y de inmediato le sobrevino un acceso de singultos tan intenso que para aliviar a la señora su médico de cabecera hubo de administrarle una potente menesunda. Quien no quiera exponerse a un accidente igual debe abstenerse de leer el vitando chascarrillo que ahora sigue. Tres individuos acudieron a una casa de mala nota. El dicho establecimiento tenía una particularidad extraña: Cobraba según la medida de entrepierna que tuviera el cliente. A medida mayor, mayor tarifa. Acabado el menester que ahí los había llevado los tres sujetos salieron del local y al punto comentaron lo que a cada uno le habían cobrado. Resultó que dos de ellos habían pagado mucho, y el tercero poco. Explicó éste antes de que los otros aventuraran alguna otra explicación: "Es que ustedes pagaron a la entrada, y yo a la salida". (No le entendí). "Ahora que nos vamos a casar -le dijo él a ella- no te pido nada. Lo único que espero de ti es que me seas fiel". "Está bien -aceptó ella-. Te seré fiel con la mayor frecuencia que me sea posible". Ya conocemos a Capronio: Es un sujeto ruin y desconsiderado. Su esposa le contó a una amiga: "Anoche mi marido me besó la mano cuando estábamos cenando". Comentó la otra: "¡Qué romántico!". "No -aclaró la mujer del majadero-. Es que no había servilleta". Declaró don Languidio: "Hace unos días me tomé una pastilla de Viagra y se me atoró en la garganta. Es fecha que todavía no puedo doblar el cuello". El marido iba a salir de viaje. Su mujer le pidió: "Dame para pagarle al casero lo que le debemos". "No tengo dinero -negó el hombre-. Hazle como puedas". Al regreso del tipo le informó la señora: "Hice lo que pude, tal como me dijiste. Le di al casero algo que le gustó bastante. Con eso le pagué todo lo que le debíamos. Y en la semana que estuviste ausente quedaron pagados también los próximos catorce meses". Terminó el trance de amor, y el indio maya le dijo muy ufano a la doncella: "Deberías darme las gracias por esto, Nikteria. Después de lo que acabo de hacerte ya no corres el riesgo de que los sacerdotes te echen al cenote de las vírgenes". Las palabras con que terminará este artículo seguramente sonarán muy duras, pero pienso que corresponden a la realidad. Al cotidiano número de muertos por el crimen organizado debe añadirse otra cifra igualmente cotidiana: La de los niños y ancianos, las mujeres y hombres que están muriendo por falta de medicinas y tratamientos médicos en los hospitales públicos. Los recortes presupuestales hechos por el nuevo régimen han incapacitado a esas instituciones para cumplir debidamente su función. No pueden ya surtir a los pacientes los medicamentos que necesitan ni darles los tratamientos que requieren para seguir con vida. Eso provoca muertes atribuibles al manejo que se está haciendo de los recursos públicos, destinados a pagar obras cuya viabilidad y utilidad son en extremos discutibles, a mantener a ninis -personas jóvenes que ni estudian ni trabajan-, o entregados con propósitos electorales a gente que en verdad no necesita ese dinero. Las instituciones de salud pública deberían llevar una estadística de las personas que mueren por causa del desabasto de medicamentos o de la falta de atención a los pacientes necesitados de tratamientos especiales que no se les proporcionan ya por falta de presupuesto. Así se vería que el número de esos muertos es semejante a los causados cada día por el crimen. FIN.

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