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Lecciones de 35 años en la TV: Sé surfista, no ancla

Las generaciones más jóvenes manejan mucho mejor las nuevas tecnologías que quienes nacimos antes de que inventaran el celular o la laptop

Por Jorge Ramos

El 3 de noviembre cumplo 35 años como conductor de “Noticiero Univision”. Ese no era mi plan, pero hoy no puedo imaginar un mejor modo de dedicar mi carrera periodística. Estar frente a la televisión ha sido un trabajo intenso y demandante, que también me ha llenado de satisfacciones. Si la felicidad es ser uno mismo y no querer ser otro, esta maravillosa profesión me ha hecho feliz. Y agradecido.

Me nombraron presentador de noticias (o anchor, como se dice en inglés) a los 28 años. En 1986, la cadena de televisión Univision -que antes se llamaba pecaminosamente SIN, las siglas de Spanish International Network, que en inglés forman la palabra “pecado”- tuvo una crisis laboral que dejó casi vacía a la sala de redacción. Yo era el único presentador hombre que quedó. Me dieron el puesto por unos días, que se convirtieron en meses y luego décadas. En ese tiempo, me ha tocado cubrir cinco guerras e innumerables desastres naturales, y entrevistar a decenas de presidentes, dictadores y especies parecidas.

Cuando comencé no tenía una sola cana. Hoy tengo todo el cabello blanco y la broma en la sala de redacción es que cada una de esas canas tiene nombre y apellido o está ligada a una noticia. Así que estas son algunas de las lecciones y aprendizajes que he acumulado luego de unas 7000 emisiones en vivo y directo.

Al inicio, como no sabía leer bien el teleprompter -es más difícil de lo que parece-, la gran Teresa Rodríguez (con quien presentaba el noticiero en una primera etapa) señalaba las líneas de mi guión con sus perfectas uñas rojas para que no me perdiera. Con el tiempo, aprendí. Hoy presento el “Noticiero Univision” con otra increíble y valiente periodista, Ilia Calderón, quien también ha sido una guía paciente y me ha enseñado mucho. Así que quizás la primera lección es ser generoso con las personas con las que trabajas y aprender de ellas.

Una segunda lección es: Sé un surfista, no un ancla. Cuando comencé, era una época en que los anchors de televisión (Peter Jennings, Diane Sawyer, Tom Brokaw, Barbara Walters, Dan Rather, Connie Chung, Katie Couric...) dominaban el mundo de las noticias. Ningún político se podía elegir si no salía en la televisión: Era el medio de mayor impacto. Eso se acabó. Internet lo cambió todo.

Las generaciones más jóvenes manejan mucho mejor las nuevas tecnologías que quienes nacimos antes de que inventaran el celular o la laptop. Hoy, más de ocho de cada diez estadounidenses reciben sus noticias en sus celulares o en su tableta y computadora. Hay una migración gigantesca de las audiencias de la televisión tradicional a las redes sociales. Hace poco, por ejemplo, entrevisté a Mario Kreutzberger, quien durante más de medio siglo condujo el popular programa “Sábado Gigante” con su personaje Don Francisco. Los ratings de televisión de nuestra conversación no fueron muy altos. Sin embargo, esa misma entrevista ha sido reproducida más de ocho millones de veces en Facebook y sigue acumulando vistas.

El contenido sigue siendo lo más importante. Pero la gente ya no va a buscarlo a un solo lugar y a una hora específica. Los anchors estamos en peligro de extinción. Así que cuando me toca dar un discurso en alguna escuela, le suelo decir a los estudiantes: “Véanme bien, soy un dinosaurio”. Ya son muy pocas las personas que prenden la televisión y ven al anchor en su guarida perfectamente iluminada a las 6:30 de la noche.

Por lo tanto, como los surfistas, que se mueven en busca de la ola, los periodistas debemos movernos de plataforma en plataforma para llevar el contenido a los lugares donde se han mudado las nuevas audiencias. Ese es el presente y el futuro. Quienes no lo entiendan, como una especie de dinosaurios mediáticos, van a desaparecer del nuevo universo digital. Dudo que hoy podría mantener mi trabajo si no tuviera una fuerte presencia en Twitter, Instagram y Facebook. Para sobrevivir en esta industria he tenido que ponerme a surfear y no quedarme anclado al escritorio del estudio.

Pero aún hay ciertas cosas que no han cambiado. Si la gente no te cree, tu trabajo no sirve. Otra lección es que la credibilidad y la confianza son lo más importante en el periodismo. Y se ganan a base de disciplina y precisión: Dices cosas verificadas. Si la gente te deja entrar todos los días a su casa, lo menos que puedes hacer es decirle la verdad. Que millones te sigan viendo, escuchando y leyendo después de tanto tiempo es un privilegio (aunque me critiquen en las redes sociales y me recuerden todos los días en qué no están de acuerdo conmigo). Nuestra responsabilidad más básica es reportar la realidad como es, no como quisiéramos que fuera.

No obstante, cada vez más, he entendido que nuestra principal responsabilidad social es cuestionar a quienes tienen el poder. Ser contrapoder. Y mientras más autoritario el país, más importante y trascendente es nuestra labor. Por lo mismo, no podemos ser neutrales frente a un dictador o alguien que abusa de su autoridad. A esos personajes hay que hacerles preguntas cortas y nunca evadir la incomodidad. Lo que más duele en una conversación con alguien poderoso es cuando lo dejas escapar y no te atreves a plantear la pregunta que te hacer sudar las manos.

Debo admitir que los malos -esos personajes que han abusado del poder o cometido crímenescasi siempre son los mejores entrevistados. Y, cuando los tengo enfrente, suelo recordar dos ideas que me ayudan a ser osado: Si yo no hago la pregunta difícil, nadie más la va a hacer, y si no la hago, no tendré otra oportunidad.

Confieso que he viajado. Mucho. Esa fue una de las razones por las que decidí ser periodista. Luego de que me enviaron a Washington en 1981 a cubrir el atentado contra Ronald Reagan -la estación de radio en la que trabajaba pagó el boletosupe que quería pasar el resto de mi vida visitando otros lugares para ser testigo de la historia y conocer a sus protagonistas. Le he dado la vuelta al planeta varias veces y he volado más de 3 millones de millas, según dice la tarjeta de viajero frecuente de una aerolínea. Y así, en estos años, he estado en la primera fila de algunos de los eventos que cambiaron el mundo, como los ataques del 9/11 en 2001 en Nueva York o la caída del Muro de Berlín en 1989. La historia ocurre frente a tus ojos. Creo que en el periodismo, como en la paternidad, la mitad del éxito consiste en estar presente.

Sin embargo, la mayoría de las veces, dar las noticias es un quehacer muy efímero. Buena parte del trabajo implica hablar de cosas que se desactualizan al próximo día y, a veces, a la hora siguiente. El periodismo te prepara para reinventarte cada 24 horas.

También tengo que reconocer que este trabajo tiene efectos que no siempre son positivos. He hecho esto por tanto tiempo que a veces me resulta más fácil hablarle a una cámara que a un grupo de personas. Es una terrible deformación profesional que viene aunada a una ansiedad por suprimir tus sentimientos cada vez que narras una muerte, un accidente, un atentado terrorista o algo que, naturalmente, podría quebrarte. Como presentador, debes mantener la ecuanimidad. Pero el cuerpo lleva la cuenta y te lo cobra después.

“¿Cuál ha sido el peor error de tu carrera?”, me preguntó hace poco Eduardo por Zoom, un estudiante de la Universidad Vasco de Quiroga en Morelia, México. Me desbalanceó. Nunca me habían hecho esa pregunta. Pero ya tengo una respuesta: Este trabajo me ha dado mucho, pero también ha hecho que deje de hacer bastantes cosas a nivel personal que podrían haber hecho de mí un mejor periodista.

El periodismo es una profesión celosa, y puede provocar rompimientos y frustraciones. Perdí la cuenta de todas las veces que he pedido perdón por faltar a un aniversario, cumpleaños, fiesta o evento escolar. Y todo por cubrir la noticia del día o de la hora.

Ahora, a los 63 años, siento que me faltó tiempo para experimentar más. Me faltaron unos 20 años para haberme ido a vivir temporadas largas a lugares como Tokio, Bali, Venecia, el Tíbet, la India. Me faltó tiempo para regresar a vivir a Ciudad de México, volver a los lugares donde crecí y recuperar un poquito de las amistades que dejé truncadas cuando me fui intempestivamente a los 24 años del país.

Esa idea de volver -tan de mariachi- nos agobia a los que nos convertimos, sin quererlo, en inmigrantes. Pero ser inmigrante marcó mi carrera periodística. Hoy busco que otros inmigrantes que llegaron a Estados Unidos después de mí tengan voz y las mismas oportunidades que tuve. Y mi trabajo es, muchas veces, ser un traductor: Entre el español y el inglés, entre los latinos y los que no lo son, y entre América Latina y Estados Unidos. Soy, como diría la escritora Sandra Cisneros, un anfibio, una criatura que vive en dos mundos. En muchos sentidos, me ha dado una misión como periodista.

Por último, este oficio me ha enseñado algo crucial: No estás solo. Todos los días trabajo con algunos de los mejores periodistas del mundo, quienes se han convertido en mi familia extendida. Ahí están, detrás de las cámaras, y sé que sin ellos no podría hacer lo que hago. Así que sirvan estas líneas para decirles: Gracias.

No sé cuántos años más me queden como anchor. Y, como todos, tengo mi lista de pendientes. Pero quien es periodista nunca deja de serlo. Esa es otra lección que comparto: Esta es una profesión que te obliga a ser joven y rebelde toda la vida. Es una bendita adicción que aún no estoy dispuesto a soltar… 35 años después.

(Jorge Ramos, periodista ganador del Emmy, director de noticias de Univision Network. Ramos, nacido en Mexico, es autor de nueve libros, el más reciente es “A Country for All: An Immigrant Manifesto”).

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