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Estados Unidos: La razón contra la conspiración

 En las tres semanas desde la elección presidencial, Donald Trump y su equipo de abogados han insistido en que el triunfo de Joe Biden es ilegítimo. Se han dicho víctimas de un sofisticado fraude electoral. Esto es mentira.

Por León Krauze

La situación en Estados Unidos me ha regresado a la secundaria. Creo que fue entonces (pudo haber sido en primaria, pero la memoria me falla) que aprendimos teoría de conjuntos con los famosos diagramas de Venn. Dibujábamos dos universos circulares que contenían ciertos elementos. En la unión de ambos -la intersección- se encontraban elementos en común. Imaginemos que en Estados Unidos hay, ahora, dos conjuntos. En el primero está la mayoría, que reconoce el triunfo democrático de Joe Biden, por más de seis millones de votos, sobre Donald Trump. En este grupo están aquellos que entienden el proceso democrático y se niegan a aceptar la patraña de un fraude electoral para el que no existe evidencia alguna. En el otro conjunto están aquellos que creen exactamente lo opuesto. Por suerte se trata de un grupo más pequeño, pero dentro de él está, crucialmente, el presidente de Estados Unidos. Y no sólo Donald Trump. Ahí están también varios senadores republicanos, que no se atreven a romper con el hombre que se ha adueñado de su partido, y varios medios de comunicación (que no de información) empecinados en perpetuar una mentira. Entre estos dos conjuntos no hay elementos en común. La intersección es nula. Se trata de una polarización categórica. La pregunta es si las diferencias serán irreconciliables y permanentes en la casa dividida estadounidense.

 En las tres semanas desde la elección presidencial, Donald Trump y su equipo de abogados han insistido en que el triunfo de Joe Biden es ilegítimo. Se han dicho víctimas de un sofisticado fraude electoral. Esto es mentira. Hay que decirlo con toda claridad: No hay evidencia que respalde esta acusación. No sólo no la hay en este proceso electoral. Nunca, en la historia democrática moderna de Estados Unidos, ha ocurrido un fraude electoral concertado y masivo. No hay registro de una confabulación en el sistema de votación contra un candidato presidencial dentro de Estados Unidos, ni antes ni ahora. La falta absoluta de evidencia le ha costado a Trump y sus abogados varias jornadas humillantes en las cortes. Una y otra vez, jueces federales, muchos de ellos nominados por presidentes republicanos e incluso por el propio Trump, han desechado las denuncias de fraude. Hasta hoy, el equipo de Trump ha perdido 32 de 34 casos que ha presentado en las cortes, y los dos triunfos no involucran sospechas de fraude sino de procedimiento.

 Por fortuna, esa parte del circo de Trump tiene fecha de caducidad. Los estados ya han comenzado a certificar formalmente sus procesos electorales. Dentro de 20 días ocurrirá el conteo final del colegio electoral y el Congreso federal validará el proceso poco después. En otras palabras, como lo explicara en términos de póker el actor Edward Norton en un hilo de Twitter que se hizo viral, las cartas de Trump son débiles, no trae ni un par en las manos. ¿Qué le queda entonces? Muy poco. Como ya parece estar haciéndolo, puede intentar manipular a las legislaturas republicanas para que den la espalda a los votantes y le otorguen el triunfo en los estados clave a través de los electores que designan para el colegio electoral. Por muchas razones, esto es poco menos que imposible. A menos de que ocurra una catástrofe similar a un golpe de Estado en el que Trump y algunos aliados republicanos decidan robarse (ahí sí) la elección, Joe Biden será el próximo presidente de Estados Unidos.

Pero la polarización no terminará ahí. Después de su toma de protesta, el gran desafío de Biden, la clase política y la sociedad estadounidense en general será desmontar la división irracional y radical que Trump ha creado durante su Gobierno, y quizá más durante estas semanas de caprichoso ataque frontal a la democracia. ¿Será posible? En muchos sentidos, no hay manera de evitar el daño que ha hecho Trump. Una encuesta reciente reveló que 77% de los votantes republicanos piensa que Biden ganó a través de un fraude. Es una cifra abrumadora y lamentable, sobre todo porque -y vale la pena repetirlo- no hay ninguna prueba que justifique la narrativa de una elección fraudulenta. Pero la evidencia, en estos tiempos, importa poco… y Trump lo sabe. Para desgracia de Estados Unidos, la apuesta de Trump por deslegitimar el proceso democrático y la presidencia de Biden está funcionando con millones de personas que, en la ignorancia y la ceguera frente a una figura mesiánica, han decidido creerle.

 ¿Cómo convencer a ese 77% de los republicanos que habitan en el conjunto del fraude y la teoría de la conspiración de acercarse a la razón y encontrar algo en común con la mayoría de los votantes que reconoce como democrático y legítimo el triunfo de Biden? Por desgracia, y dada la experiencia de esta narrativa en otras partes del mundo (incluido México, por supuesto), siempre habrá un porcentaje considerable de simpatizantes del candidato derrotado que creerá en el fraude como en un dogma, incluso ante la ausencia completa de evidencia. Duele decirlo, pero ese grupo está perdido para Biden y para la democracia de Estados Unidos.

Hay, sin embargo, una masa de votantes que se han resistido a caer en la trampa de la conspiración. Biden debe hacer hasta lo imposible por reiterarles lo evidente: Él, y no Trump, es el presidente legítimo de Estados Unidos gracias a un proceso democrático y de resultados claros y contundentes. Otros actores deberán también comenzar ese proceso de catarsis para mantener la viabilidad de la democracia estadounidense, actualmente en estado de sitio desde la obstinación autoritaria de Donald Trump. Cicatrizar las heridas del trumpismo, sobre todo estas últimas, contra la democracia misma, tomará años. Para Estados Unidos, es un esfuerzo de vida o muerte.

León Krauze 

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