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El trenecito de López Obrador

En la oscuridad dos chicas conversaban en voz baja, pero no tan baja que no pudiera oírlos el señor que ocupaba el asiento de adelante.

Por . Catón

Grande fue la sorpresa del recién casado cuando al regreso de la luna de miel, en el primer día que pasarían en su nidito de amor, su flamante mujercita le ofreció por toda comida una zanahoria. Le preguntó, desconcertado: “¿Por qué una zanahoria?”. Explicó ella: “Quiero ver si también comes como conejo”. Se había hecho de noche, y el chofer del autobús de pasajeros apagó las luces interiores del vehículo. En la oscuridad dos chicas conversaban en voz baja, pero no tan baja que no pudiera oírlos el señor que ocupaba el asiento de adelante. Le dijo una de las chicas a la otra: “Lo que necesitas es conseguirte un hombre que te dé 100 mil pesos al mes. Así podrías tener tu propio departamento, un coche del año y ropa buena”. Comentó la otra: “Es muy difícil encontrar un hombre que te dé 100 mil pesos al mes”. Sugirió la primera: “Entonces consíguete dos hombres que te den 50 mil pesos al mes cada uno”. En eso intervino el pasajero que las oía. “Voy a dormirme, señoritas. Háganme el favor de despertarme cuando lleguen a 100 hombres de mil pesos mensuales cada uno”. Al igual que López Obrador yo siempre quise tener un trenecito. Mi mayor ilusión era el de la marca Lionel que durante la temporada navideña daba vueltas y vueltas en el escaparate de la Ferretería Sieber de mi ciudad, Saltillo. Desgraciadamente Santoclós no tenía mucho dinero, y apenas le alcanzaba para traerme un carrito de hojalata al que yo mismo debía darle vueltas y vueltas. AMLO tiene dinero de sobra -el nuestro-, y puede tirarlo sin ton ni son a diestra y a siniestra. Ahora anuncia que si en el tramo final del Tren Maya hay cenotes, el trazo del ferrocarril será desviado. Preguntar si ahí hay cenotes es como preguntar si en Monterrey hay cabrito, o en Oaxaca tlayudas y mezcal. La pregunta que habría que hacer es cuánto más va a costar esa desviación de un tren cuyas posibilidades de éxito están muy en veremos. Todo indica que al dicho tren habrá que cantarle aquella canción que con tanto sentimiento entonaba Pedro Infante: “Soy el tren sin pasajeros que se pierde solo y triste por los montes del olvido”. Atentado contra la naturaleza, contra la arqueología de Yucatán y contra el buen sentido, los expertos, basados no en intuiciones sino en números, vaticinan el fracaso de ese tren, cuyo elevado costo está lejos, muy lejos, de la austeridad republicana y franciscana que en sus homilías morales predica el caudillo de la 4T. ¿Por qué mejor no se compró un trenecito Lionel?... Himenia y Celiberia, solteras que entre las dos juntaban más años que un perico, fueron al zoológico de la ciudad. Al pasar por el sitio donde estaba el gorila el animal saltó la cerca que lo separaba de la gente, tomó en sus forzudos brazos a la señorita Himenia y la metió en su cueva. Vio aquello Celiberia y exclamó con enojo: “¡Gorila pend…! ¿Qué tiene ella que no tenga yo?”. A media mañana lord Feebledick suspendió su práctica de tiro y regresó a su casa de campo. Al entrar en la recámara vio algo que casi lo hizo perder su proverbial flema británica. He aquí que lady Loosebloomers, su mujer, se hallaba en el lecho conyugal en compañía de Poleno, el jardinero de la finca, realizando un acto que visto desde fuera se antoja sumamente antiestético, sea cual fuere la postura que adopten quienes en él participan. Antes de que milord pudiera pronunciar palabra le explicó lady Loosebloomers: “Lo vi mano sobre mano en el jardín, y tú mismo me has dicho que no te gusta que la servidumbre esté sin hacer nada”. FIN.

Licenciado en Derecho y en Lengua y Literatura españolas/cronista de Saltillo

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