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Columnas De política y cosas peores

El papel del Presidente

“¿Qué le pasa al Presidente? Esa pregunta me hice, preocupado, cuando López Obrador mostró el Detente y la estampita con el Sagrado Corazón de Jesús...

Por . Catón

“¿Qué le pasa al Presidente? Esa pregunta me hice, preocupado, cuando López Obrador mostró el Detente y la estampita con el Sagrado Corazón de Jesús en una de sus conferencias mañaneras. Pensé: O la soberbia lo hace sentirse autorizado para payasear y decir tonteras sin respeto alguno para la ciudadanía, o su desparpajo y desfachatez son parte de una bien estudiada estrategia de comunicación que hoy por hoy ha conseguido, junto con el coronavirus, que haya quedado en el olvido lo de la desatinada rifa del avión presidencial. Alguien debería sugerirle a AMLO que se porte con conducta, como dice la gente en el Potrero, de modo que no sea para nosotros motivo de inquietud o enojo y para los extranjeros causa de irrisión. No me gusta dar mensajes; eso es tarea de telegrafistas, si todavía queda alguno. Pero en el caso de dar un mensaje sería éste: Asuma López Obrador a plenitud su papel de Presidente, y la comedia déjela a los comediantes. Por encima de toda convención, y exponiéndome a las iras del feminismo radical, debo decir que la linda Daisy Mae tenía un espléndido tetamen y unas caderas como para figurar en el Libro de Récords de Guinness. Su padre, ranchero en un pueblo del Lejano Oeste, hipotecó su granja, y la iba a perder por su afición al póquer y al licor. El ricachón del pueblo, un malvado de apellido Evileye, le ofreció salvarlo de la ruina si Daisy Mae lo aceptaba como esposo. Desesperado, el hombre le pidió a su hija que se sacrificara, y la infeliz muchacha accedió a la suplica paterna. El matrimonio, pues, se llevó a cabo. La noche de las bodas Daisy Mae le dijo con dramático acento a Evileye: “Todo podrá usted tener de mí, menos mi corazón”. Respondió el cruel villano, displicente: “La verdad, linda, el corazón es lo que menos se me antoja”. La novia de Babalucas lo invitó a una función de ballet: “¿Qué pasan?” -preguntó el badulaque. Le informó la muchacha: “Las sílfides”. Opinó Babalucas: “Me parece de muy mal gusto que alguien escoja como tema para un ballet una enfermedad venérea”. El maestro del taller literario le indicó al novel escritor: “Cometes el error de matar al protagonista de tu obra en el primer acto. Shakespeare no lo hacía morir sino hasta el último”. “Bueno -respondió con acritud el aprendiz de dramaturgo-. Ese escritor tiene su técnica y yo la mía”. El joven marido llegó a su casa en compañía de una guapísima morena. Le dijo alegremente a su esposa: “¡Buenas noticias, cielo! Cerraron el gimnasio por el coronavirus, y como ya había pagado yo el semestre por adelantado me dieron en compensación a mi entrenadora”. Una reportera entrevistó a don Moneto, el hombre más rico de la comarca. Le preguntó: “¿A qué atribuye usted su fortuna?”. Contestó el dineroso señor: “Primero a mi vehemente anhelo de alcanzar la cumbre. Luego a mi firme decisión de ser águila y no gallina. Pero sobre todo a los 100 millones de dólares que me dejó en herencia mi papá”. Don Chinguetas le comentó a doña Macalota, su mujer: “Un amigo me contó que en una colonia de lujo se junta un grupo de parejas de casados y hacen lo que en inglés se llama swinging, o wife swapping. Después de cenar y beber con abundancia los maridos ponen las llaves de su coche en una caja. Las esposas van sacando por turno los llaveros, y cada una se va  a pasar la noche con el dueño del vehículo cuyas llaves sacó”. Declaró doña Macalota, terminante: “No me gustaría pertenecer a ese grupo”. “¿Por qué? -preguntó don Chinguetas-. ¿Te parece que su conducta es inmoral?”. “No -replicó doña Macalota-. Antes bien la encuentro interesante. Pero tengo tan mala suerte que de seguro sacaría tu llavero”. FIN.

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