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Columnas Humor dominical

De política y cosas peores

La piadosa devoción del pueblo confería a dicho símbolo un poder particular. El papá de Dulciflor, severo, le preguntó a su hija: "¿Quién es el hombre que te puso en ese estado?".

Por . Catón

Contrita, gemebunda, Dulciflor, muchacha célibe, les informó a sus padres que estaba enfermita de gustos pasados, vale decir embarazada. "¡Mano Poderosa!" -profirió consternada su señora madre. Acotó la llorosa joven: "No fue con la mano, mami". Ignoraba que la exclamación materna era una jaculatoria popular. En la olvidada estampa religiosa la dicha mano tiene en cada dedo la figura de Jesús, María y José, con las de Señora Santa Ana y Señor San Joaquín, los padres de la Virgen. La piadosa devoción del pueblo confería a dicho símbolo un poder particular. El papá de Dulciflor, severo, le preguntó a su hija: "¿Quién es el hombre que te puso en ese estado?". Entre lágrimas respondió Dulciflor: "¿Y cómo voy a saberlo? Ustedes me han prohibido siempre tener novio formal". Relató don Cucurulo: "Estuve en el lujoso restaurante Maxime, el de más moda ahora en la ciudad. Ahí comes rico, pero sales pobre. Cuando me presentaron la cuenta sufrí tal sobresalto que me desmayé. Uno de los meseros me arrojó un vaso de agua en la cara para que recobrara el sentido. La cuenta aumentó en 90 pesos". Hacía un frío polar. En el galpón de la granja la rancherita María Candelaria y el rancherito Lorenzo Rafail se tendieron sobre la paja y se cubrieron con una cobija. La cercanía de los cuerpos encendió en ellos la llama del deseo, y sucedió lo que tenía que suceder. No hay nada más natural que la naturaleza. Al término del consabido trance la linda zagala le preguntó tímidamente a su amador: "Lo que acabamos de hacer ¿significa que ahora somos marido y mujer?". "Así es -contestó Lorenzo Rafail-. Ya eres mi esposa, y yo soy tu marido. ¿Hacemos lo mismo otra vez?". Al punto replicó María Candelaria: "Hoy no. Me duele la cabeza". Un amigo de don Chinguetas le preguntó: "¿Te divertiste en la fiesta de anoche?". Respondió él: "Me informaron que sí". En el club de tenis dos señoras observaban a una bella chica que andaba por ahí, y hacían comentarios acerca del agraciado rostro de la joven. Dijo una: "Tiene los ojos y la boca de su madre. La nariz, en cambio, la sacó de su padre. Es cirujano plástico". Nalgarina, vedette de carpa, le contó a su amiga: "Don Algón me hizo una proposición indecorosa. Me dijo que si aceptaba pasar con él un fin de semana me regalaría este collar que traigo". El señor y su mujer acudieron a una agencia de viajes. La señora le dijo al encargado: "Mi esposo y yo queremos hacer un viaje. Continentes separados, por favor". El vendedor de cepillos llamó a la puerta de una casa, y la abrió una joven señora de atractivas formas. La preciosa mujer se cubría sólo con un vaporoso negligé de encaje y seda que dejaba a la vista sus encantos. "Vendo cepillos" -acertó a decir el visitante, aturrullado ante aquella visión encantadora. "Pase usted -lo invitó la hermosa dama-. Vayamos a la sala. Ahí me mostrará usted su mercancía. Pero antes, si le parece, tomaremos una copa y escucharemos música romántica. Estamos solos. Me sentaré a su lado y veré su catálogo". El vendedor procedió a hacer el elogio de los diversos cepillos que llevaba, y a explicar con detalle las características de cada uno. La señora compró un par de ellos, y se acercó más al nervioso hombre. Éste no atinaba a comprender las intenciones de su anfitriona. Más de una hora pasó sin que pasara nada. Por fin el vendedor cerró su maleta de muestrario y se despidió. En la puerta le dijo a la señora: "Acabo de recordar que traigo también cepillos para niño. ¿Tiene usted hijos?". "Sí -contestó ella-. Tengo nueve". "¿Nueve hijos?" -se asombró el tipo. "Así es-confirmó la mujer-. No todos los vendedores son tan idiotas como usted". FIN.

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