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Columnas De política y cosas peores

Bien por AMLO

“Mi marido me trata como a un perro”. Eso le contó doña Facilisa a su vecina.

Por Catón  

“Mi marido me trata como a un perro”. Eso le contó doña Facilisa a su vecina. “¿Te golpea?” -se alarmó esta. “No -precisó doña Facilisa-. Quiere que le sea fiel”. Babalucas le dijo a su primogénito: “Hay dos palabras, hijo mío, que te servirán para abrirte muchas puertas en la vida. Son ‘Jale’ y ‘Empuje´”. La mujer de don Astasio se acicalaba a la caída de la tarde; se pintaba como coche y vestía ropa provocativa. Luego le decía a su esposo: “Ahorita vengo”, y no regresaba sino hasta en horas de la madrugada. Una noche el celoso marido la siguió, y grande fue su sorpresa cuando la vio entrar en una casa en cuya puerta brillaba un foco rojo. Era a todas luces -especialmente a ésa- un lupanar, casa de ramería o lenocinio, manfla, burdel, zumbido, mancebía, prostíbulo o congal. Fue don Astasio a donde estaba un policía y le dijo: “Señor gendarme: Acabo de descubrir que mi señora viene todas las noches a ese establecimiento de pecado. Si entro yo a sacarla provocaré un escándalo. Le ruego que vaya usted por ella”. Así diciendo le proporcionó un retrato hablado de su liviana cónyuge. Entró al lugar el guardia y salió a poco empujando a una mujer. “Oiga -le indicó don Astasio-. Ésa no es mi esposa”. “¡Pero es la mía!” -clamó el gendarme hecho una furia. Aplaudo -y con las dos manos, para mayor efecto- a Andrés Manuel López Obrador, Presidente de México. He aquí que renunció a la facultad presidencial de condonar adeudos fiscales a los grandes contribuyentes, licencia que se prestaba a corrupciones de todo orden. (De todo desorden, más bien). Y he acá que aceptó la renuncia que le fue presentada por la secretaria del Medio Ambiente etcétera, quien con flagrante abuso de su cargo demoró la salida de un avión en perjuicio de los pasajeros. Esas dos decisiones de AMLO, ambas de gran contenido ético, son merecedoras de reconocimiento, y dan idea de su intención de transformar al País mediante la supresión de prácticas viciosas que en el pasado se veían como cosa natural. Enhorabuena. Edison contrajo matrimonio. En la noche de bodas le dijo muy enojado a su mujer: “¿Cómo que con la luz apagada? ¿Entonces pa’ qué chin... crees que inventé el foco?”. La recién casada le preguntó a su maridito cuando este llegó de trabajar: “¿Qué te parecería una buena cena, mi amor?”. “No, mi vida -declinó él-. Vengo cansado; preferiría cenar aquí mismo en la casa”. Don Poseidón, rudo labriego, asistió a una fiesta en una casa rica de la ciudad. Entabló conversación con uno de los invitados y le dijo: “Mire qué mujer tan fea aquélla que está allá. No me la sopl... ni aunque me pagaran”. “¡Señor mío! -protestó con iracundia el otro-. ¡Esa mujer es mi esposa!”. “Perdone usted -se disculpó don Poseidón-. Entonces sí me la sopl.... Y gratis”. Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, le dijo a la linda Dulciflor: “¡Te quiero con toda el alma, te amo con todo el corazón y te deseo con todo lo demás! ¡Sé mía!”. Inquirió ella: “Y ¿te casarás conmigo?”. Respondió Afrodisio, molesto: “No me cambies la conversación”. Los papás de aquella chica le decían “La payasa”. Salió con su chistecito. El odontólogo extrajo con una pinza la muela del paciente, y se sorprendió al ver que de la pieza pendía una especie de hilo con dos bolitas. “¡Caramba! -exclamó azorado-. ¡La muela tenía la raíz más profunda de lo que me supuse!”. El marqués Ote y el conde Nado se iban a batir en duelo por el amor de la duquesa Ladda. Tenían ya las pistolas en la mano cuando llegó ella a toda prisa. Descendió de su carruaje y fue corriendo hacia ellos al tiempo que les gritaba con desesperación: “¡No se maten! ¡Hay pa’ los dos, no sean pend...!”.  FIN.

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