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Habemus Presidente

Hay un momento mexicano y se llama legitimidad.
El nuevo Gobierno está obligado a construir y a deconstruir con base en las legítimas demandas de la población y de acuerdo a su promesa de reinventar el aparato gubernamental a favor de los que menos tienen.
El presidente López Obrador no tiene poca oposición, pero la que existe tiene muy poca credibilidad. Tanto PRI como PAN tuvieron su oportunidad para reestructurar las políticas y lograr cambios sustanciales. No lo hicieron. Se fueron por las ramas, se dedicaron a simular acciones y el costo es más que evidente. Perdieron la oportunidad.
Soy un férreo creyente de que hay que apoyar a los gobiernos cuando inician y su intención es positiva, constructiva y con ánimos de reformar para mejorar. Nunca he sido adepto del “quítate tu para ponerme yo” o del clásico “cambiar para seguir igual”.
Ciertamente todos los gobiernos empiezan así, con muchas ganas, con objetivos utópicos, con las mejores intenciones. O por lo menos eso parecen.
No importa. Lo que importa es ir, progresivamente, arrancándoles cada vez más derechos, cada vez más libertades, cada vez más austeridad y claridad en los objetivos.
Si todos empiezan igual, también todos llegan a un punto en el que es insostenible el apoyo. Cuando el famoso bono democrático se acaba, cuando “el beneficio de la duda” termina siendo el “perjuicio de la realidad”.
Yo no nada más estoy contento con este momento mexicano. Estoy feliz del ánimo nacional a favor de construir una nueva normalidad, de tener un Gobierno más sensible, menos frívolo, más en sintonía con lo que esperamos las y los mexicanos.
Hace no mucho la realidad era desoladora, absurda, desconectada de la realidad. Ahora soplan vientos de cambio que parecen ser prometedores no solamente por el estilo, por la forma, sino por el fondo.
Con ello quiero decir que independientemente de los resultados finales del Gobierno que comienza, la sociedad mexicana agradecerá eternamente que la élite política deje de ser élite para convertirse en sirvientes de la Nación.
Si López Obrador logra reubicar los miles de millones que se derrochan en absurdos y los canaliza -como ha sido su promesa- a los que menos tienen, logrará un legado al estilo Felipe II de España, aquel que construyó el Monasterio El Escorial, en España, y cuyo legado fue “que los monjes vivan como reyes y los reyes como monjes”. Algo muy similar al, “por el bien de todos, arriba los de abajo”.
Logrará además, como hasta ahora, que la sociedad esté de su lado. Ya estuvo bueno de explicaciones macroeconómicas, de pretextos econométricos y de escenarios catastróficos, cuando lo menos que esperamos es que el Gobierno viva en la opulencia y acuda reiteradamente al pretexto del “no hay dinero”.
E insisto, tal vez López Obrador no lo logre todo, es lo más seguro, pero la sociedad se sentirá más cómodo con un Gobierno con los pies en la Tierra.
Y permítame decirle que he disentido en muchas cosas con el ahora Presidente. Que a lo largo de mi paso por la UNAM y años diversos he estado en desacuerdo y que no soy fan de la ausencia de contrapesos o del adoctrinamiento.
Sin embargo sí soy fan de la posibilidad de cambiar las cosas, de reformar normas y prácticas, de re-pensar el estilo de Gobierno, de innovar en su forma de comunicar, de accionar y de entregar resultados.
Tenemos Presidente y él tiene un equipo sui generis que habrá de dar cuentas. Y algo muy importante, el Presidente tiene a un País que le apoya y que espera logre su cometido.
Como decía en redes sociales: México es una nave que estrena piloto. Ese es Andrés Manuel López Obrador. La nave no ha tenido buen rumbo, no está en buenas condiciones. Es de nuestro mayor interés, indiscutiblemente, que le vaya bien a él, pues es en beneficio de todas y todos. Significaría que nos iría bien también a nosotros.
Esto, y me es fundamental señalarlo, no significa que no podamos criticarle, que debamos renunciar al disenso, que bajemos la guardia y claudiquemos. Por el contrario, esto nos demanda madurez democrática de reconocer cuando estamos a favor, aplaudir cuando existan decisiones correctas y de cuestionar cuando algo esté fuera de lugar.
México es el mismo, pero tiene ánimos renovados. Con eso, por lo pronto, ya ganamos.
Hasta la próxima.

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