Los niños son la esperanza para preservar el ayapaneco.

Los niños son la esperanza para preservar el ayapaneco. Eliana Alvarado

México

Ayapaneco, una voz que se apaga

En un pueblo tabasqueño, viejos y niños se unen para intentar rescatar la lengua de sus ancestros, considerada la más próxima a desaparecer en México.

Por Eliana Alvarado

JALPA DE MÉNDEZ, Tabasco.- Don "Chilo" es de los primeros en llegar a la cita. Apenas unos minutos antes de las 10:00 horas entra al salón de clases y exclama, sin dirigirse a nadie en particular: “¡Müy guübuk tzunyi!” 

Es un sábado de agosto. El termómetro marca los 32 grados, pero la humedad eleva la sensación térmica a 37 grados. Sólo un par de ventiladores –uno junto al escritorio del maestro y otro al fondo del salón– ayudan a que el sofoco sea menor.

Pasados unos minutos, don "Chilo", quien ese día lleva camisa de manga corta y un pantalón café, se dispone a acomodar los mesabancos. Su nombre es Isidro Velázquez Méndez, tiene 77 años de edad y, salvo el saludo inicial, casi siempre se expresa en español. Lo habla tan bien que es difícil pensar que pasó los primeros años de su vida hablando en otro idioma: El zoque ayapaneco, su lengua materna.

Isidro Velázquez Méndez, don "Chilo", es de los últimos hablantes de la lengua zoque ayapaneco | Rodolfo Gil

Mientras él prepara el aula, José Manuel Segovia Velázquez está sentado en su silla de ruedas, frente al escritorio. En sus manos tiene varias letras recortadas en papel, en las que se esmera en poner pegamento. Luego, se las entrega a Alejandra, su alumna.

Alejandra, de 17 años y a punto de entrar al último año de preparatoria, toma cada letra y la coloca con especial cuidado en el pizarrón blanco que está en la pared. Cuando termina, se lee en color azul “Bienvenidos al inicio de talleres”, y en verde su traducción al ayapaneco: “Ye’ totz numdi oodi ñiin dash jó”.

Alejandra al momento en que coloca las letras donde se da la bienvenida a los talleres | Eliana Alavarado

Un rato después comienzan a llegar los niños y se acomodan en los mesabancos. La mayoría tiene entre 6 y 12 años de edad. La mayoría, también, viste con playera y pantalón de mezclilla.

José Manuel Segovia, el profesor, se mueve con dificultad en su silla y con frecuencia se seca el sudor con una toalla. Para empezar, pregunta a sus alumnos quiénes recuerdan la clase en la que hablaron de las posiciones del cuerpo.

Entre los niños hay asomos de participar, pero nadie responde. José Manuel hojea su cuaderno para buscar la lección de ese día, traga saliva mientras mira al grupo y, con una voz más para sí mismo que para sus alumnos, dice: “Comenzamos”.

En los brazos de Ayapa

El poblado Ayapa pertenece al municipio de Jalpa de Méndez, en el estado de Tabasco, y está enclavado en la subregión conocida como la Chontalpa. Para llegar a él desde la capital Villahermosa hay que tomar la carretera que conduce a Comalcalco, ciudad famosa por su producción de cacao y chocolate.

 

Unos 44 kilómetros separan a Ayapa de Villahermosa. La comunidad la habitan por cinco mil 640 personas, según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).

Quizá lo más característico del lugar sea su iglesia, que resalta desde lejos por las flores y detalles de colores azul, amarillo, rojo, verde y rosa pintados en su fachada. Está dedicado a San Miguel Arcángel, cuya festividad, el 29 de septiembre, marca una de las fechas más importantes del año para el poblado.

En la pared de una casa, casi en la entrada del poblado, está uno de los pocos vestigios que dan cuenta de que, alguna vez, la localidad fue habitada por indígenas: Un letrero en ayapaneco con traducción al español.

Una pared ubicada en una de las calles del poblado Ayapa da una mensaje de bienvenida a los visitantes | Rodolfo Gil

De acuerdo con el Atlas de los Pueblos Indígenas de México, Ayapa ha tenido población desde los tiempos prehispánicos y su lengua originaria, el zoque ayapaneco, puede haber nacido de una mezcla del mixe y el zoque. 

El mismo documento carece de información sobre el vestido tradicional, las artesanías, las danzas, la música y la medicina utilizada por los ayapanecos. Algunos pobladores aseguran que todo se ha ido perdiendo. Lo único que aún queda de su etnia, explican, es su lengua. Una lengua que agoniza desde hace años.

Antonio García de León, investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia, documentó por primera ocasión la existencia del ayapaneco. Y describió que en 1966, cuando hizo su primera investigación, la comunidad tenía 150 hablantes, todos mayores de 35 años.

El Atlas, con datos del año 2010, advierte que la lengua está en riesgo muy alto de desaparición, con tan sólo 21 hablantes en ese año. 

La realidad es que, cuentan en el pueblo, hay unas ocho o nueve personas que entienden el idioma. Pero sólo cinco lo hablan y comprenden perfectamente. 

Estar en esta pequeña comunidad del Sureste mexicano es atestiguar el ocaso de una lengua indígena.

"Mucha gente se burla"

José Manuel Segovia, el maestro de ayapaneco, cuenta que hace poco más de tres meses que don Manuel, su padre, se cayó cuando caminaba por la calle, muy cerca de su casa. Antes de eso, aún hacía sus actividades normales, como las clases de zoque ayapaneco.

A causa del golpe en la cabeza con la caída, don Manuel perdió la vista en sus dos ojos. Perdió, también, algunas funciones cognitivas: A veces confunde momentos de su vida y no reconoce dónde está.

Es uno de los cinco hablantes reconocidos por el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI) de la lengua ayapaneco. Sólo que desde el accidente habla poco el idioma y ya no puede enseñarlo. Sus días transcurren principalmente en la hamaca que está en su casa, en el mismo sitio donde se imparten las clases.

Lleva casi siempre unas gafas oscuras y tiene pocos momentos de lucidez. En uno de ellos, sentado en una silla junto a la mesa, empieza a recordar a todos los investigadores extranjeros que han llegado en las últimas dos décadas para conocer más sobre el ayapaneco.

Mientras él dice todo aquello, su esposa, Asunción, se toma un descanso y camina por la casa. El espacio principal es de piso de cemento, paredes de bloque y techo de lámina. Uno de los muros está dedicado a las clases: Ahí están el pizarrón con el mensaje de bienvenida y, encima de este, todas las letras del abecedario, las vocales y los números del 1 al 20.

En la pared de al lado están los retratos familiares, principalmente fotos de don Manuel. Y en la que está justo enfrente del pizarrón, está un altar con dos crucifijos, una figura de la Virgen de Guadalupe y varias más de San Judas Tadeo y el Niño Dios.

De hecho, en otras partes del lugar hay figuras de santos que esperan un retoque de pintura. Este es el oficio de Asunción y José Manuel, es uno de los dos medios que tienen para generar un ingreso. El otro es la venta de golosinas cuando hay algún evento en la plaza del pueblo.

Desaparecen a un ritmo alarmante

El año 2019 fue proclamado por la Unesco como el Año Internacional de las Lenguas Indígenas, en un esfuerzo por promover, preservar y revitalizar los idiomas de los pueblos originarios de todo el mundo, debido a que se considera que en casi todos los países hay lenguas en situación de peligro.

La Unesco señala que estas lenguas desaparecen “a un ritmo alarmante”. Se calcula que existen cerca de siete mil lenguas, habladas por unos 400 millones de personas. Pero se estima que en los próximos 100 años casi la mitad podrían quedar extintas.

En México, la Constitución consagra en su artículo segundo el derecho de los pueblos indígenas a preservar sus lenguas. Aun así, la disminución de hablantes tanto del ayapaneco como de otros idiomas ha sido drástica en el último siglo.

Frida Villavicencio Zarza, doctora en Lingüística adscrita al Centro de Investigación y Estudios en Antropología Social (Ciesas), explica: “A inicios del siglo pasado, un 50 o 60% de la población en México era considerada hablante de lenguas indígenas. Actualmente un 7 o un 6% de la población dice hablar lengua indígena”.

De acuerdo con las cifras del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (Inali), el país tiene 364 lenguas o variantes lingüísticas, clasificadas en 68 agrupaciones lingüísticas y 11 familias lingüísticas.

La más hablada es el náhuatl, que registra más de un millón 725 mil hablantes. Por el lado contrario, hay 64 lenguas en muy alto riesgo de desaparición.

Una lengua en esta clasificación tiene mil hablantes o menos, distribuidos en menos de 20 localidades y con menos del 10% de los hablantes de entre 5 y 14 años.

El zoque ayapaneco –que sólo se habla en Ayapa, que lo entienden menos de 20 personas y cuyo hablante más joven tiene 37 años de edad– es en estos momentos la más próxima a desaparecer.

Una lengua en resistencia

El caso del ayapaneco ha llamado la atención de investigadores y lingüistas que en los últimos años se han acercado a esta comunidad. No buscan sólo estudiar la situación. Algunos quieren, sobre todo, documentar y registrar los últimos latidos de esta lengua.

Jhonnatan Rangel es de los pocos
investigadores de la lengua ayapaneco
| Rodolfo Gil

Ha despertado incluso el interés fuera de México: Primero en Estados Unidos, luego en Alemania y, más recientemente, en Francia. Ahí reside el investigador mexicano Jhonnatan Rangel, miembro del Instituto Nacional de Lenguas y Civilizaciones Orientales y del Laboratorio de investigación Escrituras y Dinámicas del Lenguaje.

Rangel ha estudiado la situación de esta lengua desde 2013, cuando había, dice, unos 15 o 16 hablantes; hoy calcula que quedan entre nueve y once.

La mayoría de los hablantes del ayapaneco atribuyen la pérdida de su lengua a una represión del mandato de Tomás Garrido, gobernador de Tabasco en tres periodos entre 1919 y 1934.

Pero de acuerdo con el investigador este proceso no se debe a una sola causa, sino que existieron otros factores, como la llegada de nuevos habitantes a Ayapa hace medio siglo por el boom petrolero en la región.

“Y también parece que la población nunca fue muy grande en cuanto a habitantes, sabemos que había pocas familias. Eso es lo que se cree y lo que los señores cuentan”, refiere.

Cuando una lengua como el ayapaneco está a punto de desaparecer el fenómeno se puede ver desde dos ópticas, resalta Rangel: La forma en que se llegó a esa posible pérdida, o la resistencia de los hablantes a dejar morir esa parte de su cultura.

“Otras comunidades, por menos que eso, han desaparecido completamente las lenguas, ya dejaron de hablarlas completamente, no hay hablantes. También lo podemos ver desde el otro punto, un caso de resistencia en condiciones extremas. Ya la resistencia es muy poca pero sí ha existido”.

“Ya no tenemos tanto tiempo"

María Alejandra Velázquez es la alumna encargada de dar la bienvenida a sus compañeros de curso. Hace cinco años que empezó a tomar las clases, y cuenta que ya ha asistido a foros sobre culturas indígenas en otros lugares del país.

Recuerda que se inscribió cuando llegaron unos investigadores alemanes al pueblo y empezaron a promover el proyecto de la familia Segovia. Desde entonces ha estudiado la lengua por periodos interrumpidos y, aunque sabe que es difícil, sueña con aprender todo lo que sea posible por ahora.

Aunque al principio fue al curso sólo por curiosidad, asegura que ahora lo hace porque quiere hablar la misma lengua que hablaba su bisabuelo, si bien se resigna a que nunca será igual: “Sé que no lo voy a poder aprender al 100%, pero lo que me puedan enseñar lo voy a tratar de absorber y ya”.

Regar sobre el tronco cortado

El cartel que está en la pared exterior de la casa de la familia Segovia tiene mensajes en español y en ayapaneco. Pero lo principal es la imagen de un niño que riega una pequeña rama de árbol que crece sobre un tronco cortado.

Una manta afuera de la casa de la familia Segoivia representa el esfuerzo por preservar la lengua | Rodolfo Gil 

Cuando los alumnos reciben su libro de ejercicio para las clases, comprenden, por la explicación que ahí se incluye, que el tronco representa a sus ancestros a quienes se les prohibió hablar su lengua hace alrededor de 80 años. Y el riego significa el intento por revivir lo que queda del ayapaneco.

José Manuel Segovia era un adolescente cuando en 1994, según recuerda, llegaron los primeros investigadores a Ayapa a estudiar la lengua nativa de la comunidad. Seis años más tarde, menciona, ellos mismos les hicieron saber a los hablantes que quedaban que era importante hacer algo para promover y preservar el idioma.

En 2006 surgió el primer proyecto de clases para los niños y adolescentes de la localidad, pero fue hasta 2012 que se oficializó como la Casa Taller de Lenguaje y Enseñanza de Rescate del Lenguaje Zoque Ayapaneco. Así ha continuado desde entonces cada sábado por la mañana.

Son alrededor de 30 niños los que acuden a las clases de ayapaneco | Eliana Alvarado

Pero, afirma Segovia, desde el principio los mismos vecinos del pueblo rechazaban que se enseñara una lengua indígena: “Era difícil. Las personas nos insultaban, nos ponían apodos y hasta nos apedreaban la casa. Y lo mismo de siempre, decían que nosotros nos estábamos enriqueciendo, haciendo negocio con todo lo que es el lenguaje”.

José Manuel Segovia es maestro de ayapaneco | Eliana Alvarado

Hoy, José Manuel tiene 37 años. Padece distrofia muscular desde su nacimiento y depende de su silla de ruedas para moverse de un lado a otro. Lo que más lamenta es que ni su papá ni los otros hablantes del ayapaneco, que también rondan los 80 años, han recibido un apoyo para medicamentos ni para subsistir con lo más básico.

Explica que antes tenían una beca que les otorgaba el Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (Inali), pero hoy sólo cuentan con un apoyo del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI).

Este consiste en un paquete de dos cuadernos, un lápiz, pluma, borrador, tijeras y sacapuntas para cada alumno. El resto del material, como el cuaderno de ejercicios, es cubierto por los propios profesores.

A pesar del pronóstico en contra, y de que su papá prácticamente ya no puede ayudarle con las clases desde el accidente, asevera que seguirá con el proyecto para que, cuando la lengua muera y pase el tiempo, “puedan ver que los trabajos sí existieron y que se hizo el esfuerzo”.

Un cuaderno muestra palabras traducidas del
español al ayapaneco | Eliana Alvarado

“Es como una estrella que se apaga”

En la mitología del zoque ayapaneco, se cuenta que un hombre borracho caminaba de un lado a otro sin parar, hasta que llegó a un sembradío y derribó todo lo que había a su paso. Desde entonces, el hombre se convirtió en el viento mismo y hasta ahora es capaz de destrozar todo lo que encuentra.

Este cuento forma parte del proyecto “68 voces”, creado en 2016 por la productora Gabriela Badillo, que a través de videos cortos contados en diferentes lenguas busca mostrar la interpretación del mundo de 68 pueblos indígenas.

Y precisamente esta cosmovisión, esta particular forma de ver el mundo de una comunidad, es lo que está en riesgo de morir junto con la lengua.

“Es como una estrella que se apaga”, asegura Zarina Estrada Fernández, catedrática de la Universidad de Sonora y quien ha estudiado el tema por más de cuatro décadas.

Estrada Fernández agrega que “desde que el mundo ha sido mundo” hay lenguas que se dejan de hablar por el dominio de otras. Ha ocurrido así con lenguas tan extendidas como el latín en su tiempo.

Artesanías típicas de los pueblos indígenas de Tabasco | Eliana Alvarado

Pero cuando esto sucede, también muere una visión del mundo: “Eso es lo que representa el que un idioma desaparezca. Una fracción de la realidad que no lograste comprender plenamente, entender plenamente”.

Frida Villavicencio, investigadora del Ciesas, opina que una lengua es una expresión de una sociedad, es un patrimonio y, como tal, su preservación debe ser de interés para todos.

“Como sociedad, creo que tendríamos la obligación de interesarnos por esta riqueza y conocer, estamos obligados a conocer este patrimonio”. 

El encargado de la Oficina de Representación del INPI en Tabasco, Sebastián Ruiz de la Cruz, atribuye la situación actual del ayapaneco a que “nunca ha habido una acción integral para rescatar la lengua”, pero confía en que proyectos en curso como una plataforma digital y una estación de radio puedan aportar a la revitalización.

Para Domingo Alejandro Luciano, presidente de Escritores en Lenguas Originarias de Tabasco y miembro de la comunidad yokot’an, perder una lengua indígena, cualquiera que esta sea, sería equivalente a ver morir parte de su identidad.

"Descuidamos la herencia de nuestros padres"

“Acabo de montarme en los 88 años, a ver si no me tumbo más allá”, expresa Esteban López Velázquez, y luego se ríe de su propia frase.

Él vive casi a las afueras de Ayapa y, debido a que su movilidad es reducida, sólo puede ir a ayudar en las clases de ayapaneco cuando consigue quién lo traslade a la casa de los Segovia.

Esteban López Velázquez recuerda que él habló sólo ayapaneco durante unos 20 años pero que las autoridades lo obligaron a aprender el español | Rodolfo Gil

Don Esteban refiere que pasó unos 20 años de su vida hablando sólo ayapaneco, la única lengua que, agrega, se hablaba en el pueblo cuando él tenía esa edad. Lo que recuerda es que hubo una campaña de alfabetización para que todos aprendieran español y, aunque al principio se resistieron, las burlas y los castigos de las autoridades los obligaron a ceder.

En otros pueblos vecinos no pasó lo mismo, señala, y por ello el chontal o yokot’an aún tiene alrededor de 37 mil hablantes: “Ahí no dejaron, ahí todos los niños, las muchachas, viejos, todos hablan ese dialecto, es la única lengua que se mantuvo, que se sostuvieron”.

De las tradiciones del pueblo ayapaneco, dice que sólo se acuerda de los músicos que tocaban la flauta y de uno que otro ritual para la siembra, pero ya nada de eso existe.

Cuando habla de preservar el ayapaneco, trata de mantenerse optimista y con la esperanza de que las clases reditúen en que para los niños sea natural hablar la lengua, como lo fue para él hace muchos años. Pero, al mismo tiempo, tiene miedo de que la lengua muera junto con él y sus compañeros.

“Sí, claro, es algo sentimental. Una herencia tan preciosa que nuestros padres, nuestras madres nos dieron, bueno, nos descuidamos últimamente, porque, ¿cuánto no sabíamos y cuánto sabemos?, ¿cuál de nuestros hijos sabe? Ninguno. Todos nos descuidamos, nos metimos en un camino que no tiene salida”.

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Eliana Alvarado

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