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Ediciones Anteriores 22 de Febrero del 2006
Columnistas ciudadanos
Reconocimiento
Aurora García
¿Sabe usted lo que es el premio Pritzker? Sencillo: Es el equivalente al Nobel, sólo que en Arquitectura.
La norteamericana familia Pritzker creó este premio a través de su Fundación Hyatt y a partir de 1979 un afortunado arquitecto recibe 100 mil dólares, un medallón de bronce y la seguridad de que tendrá trabajo de por vida (ya que generalmente el galardonado al recibir su premio ya pasa de los 60 años).
Este codiciado galardón se convierte en sueño y paradigma de todo arquitecto.
A éste se le pueden sumar los ejemplos que a diario se observan ya sea en revistas especializadas o en revistas locales que terminan siendo simples guías decorativas llenas de paja publicitaria.
Donde por un lado se dan a conocer megaproyectos en la zona cero, estaciones de metro europeas de vanguardia o pabellones de ferias internacionales, y por el otro se muestra la piedra laja como material de moda, el estilo hindú como ornamento en boga o la fusión de estilos como el descubrimiento de la temporada.
Algo definitivamente poco o nada cercano a la realidad, ya que para desgracia de muchos la oportunidad de forjar una trayectoria digna de figurar en algún medio impreso depende (además del talento de cada quien) del alcance económico del cliente.
El Pritzker es una muestra de ello.
Todos los galardonados han construido al menos un par de proyectos arquitectónicos de gran magnitud y derroche, los cuales terminan siendo los más reconocidos por el gremio.
Habiendo sus excepciones, como el caso de Luis Barragán (único mexicano ganador, en 1980) quien a pesar de proyectar en terrenos extensos tuvo la sensatez de edificar sólidos muros en donde curiosamente los recursos de mayor valor fueron los de menor precio: El color, la luz y el agua.
Otro caso más reciente es el del australiano Glenn Murcutt (ganador en el 2002) a quien curiosamente (y al igual que a Barragán) se le reconoce por su maestría en el diseño de casas, así como por su estilo vernáculo y adecuación al entorno (que en su caso se refiere a su tradición autóctona australiana).
En la localidad la cosa no cambia mucho.
El reconocimiento (por más abstracto que éste sea) se le da a aquél que, independientemente de sus fracasos (y cuando hablo de fracaso me refiero al rechazo del usuario y del entorno, a esa funcionalidad frustrada) es reconocido por el sencillo hecho de contar con una trayectoria.
El hecho de que se le asigne tal o cual proyecto arquitectónico (del Gobierno, del Municipio o de esa gran empresa transnacional) es, entonces, ese pequeño Pritzker que espera todo arquitecto local.
Llamémosle ambición, narcisismo o lo que sea. La finalidad común que tiene el ser humano es siempre trascender.
A través de sus hijos, escribiendo un libro, pintando un cuadro o como sea, pero siempre con la intención de desprender de uno mismo ese “yo†que se puede quedar entre los todavía mortales.
La Arquitectura, pues, termina siendo un medio más en esa búsqueda por trascender.
Por lo que si bien es importante el reconocimiento internacional, también lo es el reconocimiento de primera mano en un plano mucho más íntimo que el local.
Al final de cuentas ¿a quién recuerda usted más? ¿Al Pritzker de hace cinco años o a quien le diseñó su casa?
El verdadero reconocimiento está probablemente en el silencioso habitar del usuario, en la aceptación de esa fiel relación entre él, su espacio y lo que éste (y gracias a uno) le ofrece.

Aurora García es Arquitecta
Correos electrónicos: columnistasciudadanos@elimparcial.com; arqurora@yahoo.com.mx


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