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Ediciones Anteriores 06 de Octubre del 2005
Columnistas ciudadanos
aurora garcía
Improvisando Hermosillo
El Programa de Arquitectura de la Universidad de Sonora cumple su décimo aniversario.
Una de las carreras más bellas, a una década de su fundación, ha creado centenar de profesionistas dedicados actualmente al diseño, la construcción y la docencia.
En aquel entonces se vivía en un Hermosillo de proyectos. Lugares como el Centro de Gobierno, La Sauceda y el Centro de las Artes (complejo que hoy alberga el edificio de dicha escuela) fueron construidos en ese momento.
Un Vado del Río arcilloso, mas no inundado, fue el lugar ideal para emerger un megaproyecto que prometía el despunte económico de nuestra ciudad.
Un parque con canales llenos de agua y un museo inspirado en el Papalote de Legorreta apuntaban para ser el lugar recreativo más bello y famoso del Noroeste del País.
Ese era el panorama hace diez años, así comenzó la historia de la escuela en donde se aprendería a proyectar, a conocer la historia, a tratar con el cliente e incluso a presupuestar y supervisar una obra.
Hay un inconveniente, aunque esté comprobado que la carrera de Arquitectura de la Universidad de Sonora es suficientemente competente, y que un alumno, con disciplina y entrega logra desempeñarse satisfactoriamente.
El problema, creo yo, no radica necesariamente en la escuela (que no es que no tenga deficiencias, sólo que a manera de retrospectiva destacan más sus virtudes), sino en la otra escuela: La calle, el peligrosísimo ejemplo arquitectónico al alcance de todos.
De diez años para acá nuestra educación tipológica ha sido limitada por influencias posmodernas que se resumen en: Hospitales privados que parecen hoteles, consultorios dentales que parecen lujosas casas y teatros que parecen pomposos vestidos de quinceañera.
La crisis de carácter e identidad de nuestros edificios ha hecho que quien apenas comienza por el camino de la creación de espacios, se vea en la penosa necesidad de imitar lo poco que tiene a su alcance.
Lo cual se puede apreciar en los ejercicios compositivos de alumnos de los primeros semestres, que escasamente han leído, han viajado poco y que por el momento aprenden de lo que alcanzan a observar en la ciudad.
Es difícil. Por más que el panorama actual sugiere la intervención de urbanistas y arquitectos, la industrialización de nuestra ciudad está dando pie a la exigencia de mayor número de viviendas, equipamiento e infraestructura, lo que representa un arma de dos filos.
Donde por un lado llegan a destacar contados ejemplos de resoluciones espaciales, pero por el otro impera la improvisación de espacios.
Henos aquí, con un Vado del Río árido, tupido de viviendas al Poniente como si la naturaleza no tuviera memoria.
Con un parque seco, casi abandonado, con un Centro de Gobierno a punto de colapsarse por sobrecupo, con un improvisadísimo estacionamiento llamado “El Puente†donde te cobran por meter tu carro bajo la sombra del mismo.
Ahora, a diez años, de repente se acordaron que en esas zonas se ubican cuerpos de agua, que la contengan o no, tienen esa razón de ser.
La preocupación “post-la regué†nos ha ido caracterizando cada vez más.
Invito a los encargados de proyectar nuestro Hermosillo inmediato a que colaboren en la educación callejera de las generaciones que vienen, por medio de la sensibilidad, la funcionalidad y el buen gusto.
Al Programa de Arquitectura la mayor de las felicitaciones y a sus maestros fundadores un aplauso por su honorable labor, la presencia de una escuela como ésta cambiará el improvisado rumbo de nuestra ciudad.

Aurora García es arquitecta, egresada de la Universidad de Sonora.
Correos electrónicos: columnistasciudadanos@elimparcial.com; arqurora@yahoo.com.mx

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