COLUMNAS
DE POLÍTICA Y COSAS PEORES
Humor dominical

James, el chofer de lady Loosebloomers, se hallaba en el hospital y su patrona fue a visitarlo. Le preguntó la recepcionista: “¿Es usted la esposa del paciente?”. “¡Claro que no! -se ofendió lady Loosebloomers-. ¡Soy su amante!”. Un individuo acudió a la consulta del doctor Duerf y le dijo: “Creo que tengo dos personalidades”. “Escucharé su caso -respondió el célebre analista-. Pero que no hablen las dos al mismo tiempo”. Don Algón estaba muy a gusto viendo en la tele el partido de futbol y disfrutando una cerveza helada. Su mujer soñaba con tener un abrigo de visón, de modo que se le sentó en el regazo y lo llenó de besos y caricias. “Déjame ver en paz el juego -le pidió con molestia don Algón-. De esto ya tengo mucho en la oficina”. Babalucas notó con preocupación que se le estaba cayendo el pelo. Fue con el peluquero del lugar -decía su anuncio: “Alfa Jeme. Artista Tonsorial”-, y le pidió algo que sirviera para detener la caída del cabello. “Tengo este maravilloso tónico -le ofreció el fígaro alargándole una botella-. Puede hacer que le salga pelo hasta a una bola de billar”. “Es para mí -precisó Babalucas-, no para Villar”. Don Usurino agonizaba en su lecho de enfermo. Lo acompañaban su esposa y su hijo. Con voz débil habló el lacerado: “De nada de lo que voy a decir hay constancia por escrito, pero los compromisos existen. Mi hermano Rodoberto me debe 100 mil pesos”. La señora le pidió al muchacho: “¡Anota, hijo; anota!”. “Mi primo Leovigildo -siguió diciendo el hombre- me debe 200 mil pesos”. “¡Anota! ¡Anota!” -repitió la esposa-. Continuó don Usurino: “Mi sobrino Acisclo me debe 300 mil pesos”. “¡Anota, hijo; anota!” volvió a decir la señora ansiosamente. “Y yo -dijo el agonizante- le debo un millón de pesos a mi tío Pecunio”. “Eso no lo anotes, hijo -suspiró la esposa-. Tu pobre padre ha empezado a delirar”. La guapa mujer entabló conversación con un cliente en el lobby bar del hotel. Le contó: “A los 20 años tenía yo un extraordinario talento musical y un hermoso cuerpo. Se me presentó entonces un dilema: Podía llegar a ser una famosa chelista o podía ganar mucho dinero valiéndome de mis encantos”. “¡Qué difícil opción! -se interesó el tipo-. Y ¿qué escogiste?”. “¿Tú qué crees? -respondió la mujer-. ¿Acaso me ves cargando un tololoche?”. Don Cornulio llegó a su casa cuando no se le esperaba y entró en la alcoba conyugal en el preciso instante en que su esposa estaba a medio vestir. Eso no habría tenido nada de particular de no ser porque con ella estaba un individuo igualmente en paños menores. “¿Qué es esto, Colchona? -preguntó con furia ignívoma el mitrado marido-. ¿Por qué te estás desvistiendo en presencia de este hombre?”. Antes de que la señora pudiera responder se adelantó a decir el tipo: “Está usted por completo equivocado, caballero. La señora no se está desvistiendo: Ya se está vistiendo”. Sor Bette iba manejando el coche del convento cuando un desaprensivo conductor no frenó a tiempo y la chocó por detrás. Bajó del automóvil la monjita y dijo al imprudente: “Mis sagrados hábitos me impiden hablarle como se merece, pero ojalá cuando vaya usted a casa de su madre ella lo muerda”. Himenia Camafría y Celiberia Sinvarón, maduras señoritas solteras, fueron al museo de arqueología. El guía les mostró una serie de estatuas de atletas desnudos. Les informó: “Estas figuras pertenecen al periodo bajo”. Himenia le comentó en voz baja a su amiguita: “Seguramente son más interesantes las del periodo alto”. FIN.

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