COLUMNAS
EN LA LUPA
No eran virreyes

Los gobernadores en México no eran virreyes, eran delegados.

Se decía que en sus estados ellos eran ley suprema y que la impunidad era garantizada por las complicidades que se entretejían con el reparto del erario y de los bienes públicos.

Y así fue hasta que ya no fue posible esconderlo. El dinero y el olor a guayaba no se pueden ocultar.

En la década del 2000 el Partido Revolucionario Institucional, a partir de su derrota presidencial, encontró refugio en las entidades federativas. Perder Los Pinos fue, para ellos, un cambio de código postal con amplias posibilidades.

Esos eran gobiernos estatales con 20 años de retraso democrático e institucional, con total ausencia de controles, sin transparencia ni la mínima rendición de cuentas. Eran paraísos de corrupción.

Esa década, además, fue la década de oro por los miles de millones de pesos que nuestro País recibía por concepto de excedentes petroleros. Obviamente que presupuestaban el barril a precios bajos para generar intencionalmente ingresos no presupuestados cuyo gasto sería, por lo menos, discrecional.

Esto, además de la torpeza y languidez del panismo y el vacío de poder de la extinta silla del priismo imperial, surgió un sindicato: La Confederación Nacional de Gobernadores (Conago).

Los gobernadores, que por institucionales hasta apenas unos años inclinaban (no todos) la cabeza frente al primer priista del País, ahora reivindicaban lo revolucionario y se paraban de frente a Vicente Fox para demandar parte del pastel. Reclamaban poder y dinero. Lograron ambos.

Esa generación de gobernadores consolidó la idea virreinal del ejercicio de poder. Los Herrera, los Moreira, los Marín, González Paras, Granier, Yunes, Cue, etcétera.

Desde ahí, desde el priismo federalizado, se diseñó y operó el regreso a Los Pinos y, uno de los suyos, Enrique Peña Nieto, en aquel entonces Gobernador del Estado de México, fue el elegido y por demás apoyado con sobrados recursos por la mayoría de sus colegas.

Jamás hubieran esperado que su nuevo líder quemaría el puente que lo llevó a la Presidencia e instalaría mecanismos de recentralización del poder. -Qué bien tener gobernadores poderosos que hagan contrapeso al Presidente, pero… para el panismo-. Para el priismo no. El priismo funciona con el paradigma de la silla imperial. Es revolucionario en la oposición (y hasta tiene anhelos democráticos) pero es institucional en el poder.

Así, en ese contexto, surge una nueva generación de gobernadores que por nueva no entrañaba mejora alguna. Así se le quiso vender, como una ola democratizadora, joven, fresca. El nuevo PRI del nuevo PRI. Ciertamente se comportaban como virreyes pero, hasta los virreyes en la época colonial rendían cuentas y tributaban al emperador. Le daban su parte del botín. Aquí fue igual.

Más que virreyes, lo del club de los gobernadores de esta generación, fueron delegados del poder central. Encargados de hacer lo que fuera siempre y cuando mantuvieran un mínimo de gobernabilidad, el reparto de beneficios a las cúpulas y, lo más importante, que no se excedieran en problemas. Porque ahí sí, no hay sino deslindes y amnesia política.

Los duartes, borges, medinas, moreiras, entre muchos otros, ahora son prófugos, encarcelados, escondidos e investigados por hacer lo que el régimen les incentivaba a hacer: Hacer negocios y repartir. Corrupción y colusión.

Duarte en Veracruz es solamente un síntoma de la descomposición de todo un sistema que nos lleva a preguntarnos hasta cuándo las cosas van a seguir así y si los incentivos para gobernar van a mantenerse centrados en hacer negocios públicos para mantenerse en el poder y para enriquecerse en el camino. ¿Hasta cuándo será la prioridad servir en lugar de servirse?

Ya sin la “gallina de los huevos de oro”, como el mismo Presidente llamó a los ya inexistentes ingresos de excedentes petroleros, con gobiernos endeudados a niveles de parálisis institucional, con gobernadores abiertamente corruptos, el inicio de un sistema nacional anticorrupción pareciera pertinente, de no ser porque comienza a regañadientes y, como los órganos garantes de la transparencia, sin el presupuesto adecuado con simulación de sobra, lo que lo pone en el mayor de los riesgos.

En otras palabras, para la fiesta no hay nunca límites en México. Para curar el cáncer que nos tiene en metástasis, agonizando en el borde de lo fallido, solamente unos mejoralitos. Para eso sí, nunca hay dinero.

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