COLUMNAS
MIRADOR

Abd-al-Rahman, emir de Córdoba, le pidió a Ziryab que compusiera una canción de amor y la cantara al pie de la ventana de su amada.

Muy bella debe haber sido esa canción, pues la noche que el poeta la cantó florecieron todos los jardines de la ciudad; las aves de los montes y los valles vinieron a escucharla, y dejaron de fluir las fuentes para oír en silencio la canción.

El emir ordenó a su tesorero que le diera a Ziryab 30 mil dinares. Con esa suma el cantor habría podido vivir rodeado de lujos el resto de su vida. Ziryab, sin embargo, no aceptó el dinero. Explicó:

-Si dejo de ser pobre dejaré de ser poeta.

La canción se perdió. Abd-al-Rahman prohibió que se cantara: Eso sería profanar el recuerdo de aquella noche. Ziryab quemó la página en que la había escrito. Cuando las notas de la canción venían a su mente cantaba otra para olvidar ésta. Al emir no le importó que se perdiera la canción. Dijo:

-En el paraíso la volveré a escuchar.

¡Hasta mañana!...

Los comentarios a las notas son responsabilidad de los usuarios. Ayúdenos a que sus contenidos sean adecuados. Participe responsablemente y denuncie los comentarios inapropiados. Los comentarios que sean denunciados por los usuarios se eliminarán de forma automática. Revise por favor las reglas completas que regulan los comentarios de los usuarios.